A Madelin Calvo la conocí en el intermedio
entre sexto de primaria y primero básico, delgada de ojos castaños como la miel
e igual de dulces, se reía de todo y pronunciaba la palabra aporten como un
mantra, tenía cejas pobladas y labios carnosos aunque eso lo notaria después,
bastante después.
Nunca creí en el amor a primera vista, pero si
algo así existe de seguro se parece a eso, le confesé que la amaba, de formas
sutiles, pero nunca lo entendió, o al menos eso me dijo cuando finalmente se lo
vomite en la cara, siempre fue ingenua y eso me encantaba, así que tampoco se
lo reproche.
Una sola vez nos tomamos la mano, un día
completo, me sube un cosquilleo por la espalda solo de recordarlo,
personalmente le atribuyo a ese momento el particular gusto que le tengo a que
me tomen de la mano, aun hoy.
No sé si seguirte contando cosas, tampoco
planeo aburrirte diciéndote algo que quizá ni te interese, pero para entenderme
tenes que saber, que de una u otra forma ese amor me marco.
No, no me malentedas, no hay algo como bueno o
malo aquí, es solo eso está allí y existe.
Hasta ahora te conté lo lindo, lo triste, hay
matices oscuros también, como cuando le hice un berrinche porque me rechazo,
hay otras cosas que no te pienso contar, soy humano también hice cosas mal,
cosas que dan vergüenza, pero como todo lo que ya sabes, hacen parte de ese
amor que nunca iba a tener.
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